viernes, 2 de septiembre de 2011

'Raw'.

Porque en sus ojo había visto mucho más que un brillo estelar. Porque fueron como espejos que reflejaban la expresión máxima de amor y excentricismo combinados con una cálida aura que refugiaba todos sus paralelos humanos. Pero, aún así, no sabía cuanto tiempo duraría esa lámpara prendida, porque hasta la llama más grande e intensa se apaga. Pero si realmente en sus ojos vio una puerta a otra dimensión… ¿Por qué no ser diferente al resto?

En un punto, donde puede flotar en un espacio de espejos y burbujas, es el preciso instante donde su cabeza se desconecta y su mente comienza a agrandarse tanto, que sale de su mismísimo cráneo. Con sus sentidos tan sensibles que podrían captar todo a la distancia de la estrella más lejana del cosmos. Donde los colores se hacen uno solo y el brillo es tenue y su cabeza ya no existe y no hay ojos para mirar y sonrisas que admirar. El tiempo se detiene, la vida se alarga y el oxigeno se acota en breves segundos de vida humana.

Pero si ya nada importa, si todo en realidad se reúne en un mismo punto y el cerebro solo los divide en pequeños casilleros para poder reconocerlos. Por el camino todo se reduce a luces, reflejos, manchas y rayones que cambian de color en la distancia. Si ya nada existe, si todo es una misma cosa.

Que la oscuridad se hace cada vez más presente, ya no existe un punto semejante entre la coherencia y el sentido común. Porque los sentidos están perdidos y se desvanecen con el correr de los segundos. En parte, ya no existe ningún placebo que pueda apañar el anhelo y a la vez el placer de destrucción. En un punto no muy lejano a la realidad, el cerebro deja de funcionar, y ya no tiene materia gris en sus componentes exquisitos. Ya no hay ninguna delicia que pueda demostrar una reacción o simplemente una señal de vida. Si en un costado del margen, ya no hay vida, en otro, a metros de distancia, la vida carece de sosiego y color.

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